21 sept. 2010

Cultura del Agua Herencia de los Tabasqueños

Por: Diana A. Lopez

Durante la primera mitad del siglo, los tabasqueños vivían inmersos entre dos temporadas polarizadas; la de veranos extremosos con temperaturas de mas de 40 grados y los meses de prolongados nortes que anualmente inundaban mas del, 75 por cierto del territorio; era la cultura del agua en la cual muchas generaciones forjaron sus tradiciones.


En aquellas épocas Tabasco era un girón de selvas tropicales casi inexpugnables irrigado por una red de arroyos y ríos caudalosos; enormes sabanas, pantanos y lagunas cubierta de manglares y a lo largo una extensa costa desaprovechada.
Como se vivía en Tabasco

Quienes han creído que hasta mediado de este siglo, en la entidad existió una época romántica “que muchos desearían haber vivido”, la realidad era otra: casi la totalidad de la población era analfabeta, un elevado número de personas moría a temprana vida a causa de parásitos, sarampión y gangrena.

La alimentación de la mayoría de los campesinos se reducía a algunas frutas y verduras que habitualmente sembraban o recolectaban, cuando eran de origen silvestre; carne de cerdo salada en virtud de que solo los hacendados podrían criar cierto numero de reses; pollos o pavos. Su bebida común era el pozol.


No se acostumbraban las prácticas de higiene como el baño diario, y el 99.5 por ciento de la población sufría de caries desde temprana edad. Los adelantos tecnológicos como la radio, el refrigerador, la estufa de petróleo, los ventiladores, teléfono y telégrafo eran desconocidos para la mayoría de la población.

En tanto que otras ciudades del país avanzaban con el uso de la electricidad, aperturas de carreteras, construcción de líneas férreas y aeropuerto. Tabasco no tenía más medio de comunicación, que el que brindaba los ríos. Por medio de ellos, sus habitantes navegaban hasta Villahermosa y el puerto de Frontera, y de allí por mar hacia Veracruz.

Existía una pequeña pista en la que aterrizaban esporádicamente algunas avionetas, y una o dos veces al mes, bimotor de pasajeros. El ferrocarril no toco territorio tabasqueño, sino hasta la década de los 50, por lo que se cree que solo algunas familias con posibilidades económicas podían visitar la capital México.

Para los habitantes del medio rural no había más festividades que las religiosas, así como los carnavales y las exposiciones que celebro don Tomas Garrido Canabal, donde podían disfrutar de veladas culturales, bailes populares y algunas funciones de circo o cine, mientras que la reducida clase acomodada celebraba fiestas que amenizaba con marimba e instrumentos de viento.


Pese a ello, los tabasqueños que en 1900 sumaban 160 mil personas vivían contentos con su cultura, la única que conocían: la del agua, que durante los meses de lluvia, los ríos inundaba más del 75 por ciento del territorio, incluyendo a su capital, Villahermosa.

Las Inundaciones una tradición de Tabasco

Habitualmente durante la primavera, verano y los primeros días de otoño, los campesinos construirían pequeñas chozas o trojas, a las que adaptaban un tapanco, que era un piso elevado de varas sobre el cual almacenaban gran cantidad de maíz en mazorca, arroz pilado y frijol. Con el cordonazo de San Francisco del 4 de octubre sobrevivían las primeras brisas y tras ellas, los nortes que se prologaban durante el otoño e invierno.


Al empuje de los vientos, el agua de mar penetraba hasta más de 20 Kilómetros a través de las desembocaduras de los ríos, obligando a que las aguas se extendieran en el interior de la planicie y se desbordaran sobre selvas y sabanas.
Mas hacia el interior, la intensidad de las lluvias hacia el resto del trabajo, al aumentar el volumen de lagunas y arroyos cuyas aguas anegaban las comunidades asentadas a sus alrededores.

En algunos lugares, la cresta de la creciente era de mas de un metro de altura, mientras que los ríos arrastraban consigo gran cantidad de arboles derribados por el agua, pero también plagas de sanguijuelas y serpientes. Pese a ello, las casas erigidas sobre fuertes horcones de tinto, resistían la corriente, en las cabeceras municipales, que hasta los años 50 eran muy pequeñas, así como en Villahermosa, era panorama era semejante. Por aquellos años, la capital tabasqueña la conformaban algunas calles de terracería como: Madero, Juárez, 27 de Febrero, Aldama, Saenz, Vázquez norte y sur, Zaragoza, 5 de Mayo, Hidalgo, Reforma y Lerdo; los parques de La Paz, de la Madre, Juárez y Plaza de Armas, así como el área de los muelles Fiscal y el de la Casa Pizá y los barrancos del Grijalva donde atracaban decenas de cayucos, barcazas y chalanes plataneros, pero también vapores como: El Carmen, que era de navegación fluvial o el Ruiz Cano, de cabotaje. En 1927, 1942 y 1952, los tabasqueños presenciaron las tres inundaciones importantes del presente siglo que anegaron casi la totalidad del territorio tabasqueño, así como la capital.


En Villahermosa el agua del Grijalva penetro las principales calles y edificios, con excepción de los palacios de gobierno y Municipal, la casa de Piedra y otras edificaciones que rodeaban Plaza de Armas, en virtud de que se construyeron sobre una loma.

Centrales Hidroeléctricas fin de las inundaciones

Cuando las lluvias terminaban, los encharcamientos se secaban pero los lodazales se tornaban intransitables. Fue hasta principios de los 50, cuando el consejo nacional para la erradicación del paludismo (CNEP) emprendió campañas intensivas de fumigación, que permitió que el índice de afectados por esta enfermedad desapareciera notablemente hacia principios de los 60. Sin embargo, el tabasqueño sabía que cada año las inundaciones eran inevitables, y las aceptaban casi con alegría porque significaba pescado suficiente. Finalmente, la construcción de las centrales hidroeléctricas de Malpaso, la Angostura, Chicoasen y Peñitas, en Chiapas controlaron el alto Grijalva y el Mezcalapa, así como el flujo del agua que en forma natural escurre de la sierra. Con ellas, toda una época de luchas y sacrificios paso a la historia y aquellos aciagos años terminaron. Para los pocos sobrevivientes, son años de añoranza, pero para las nuevas generaciones que nacieron en mundo privilegiado, será una época difícil de comprender.

Sin embargo las grandes crecientes quedaron atrás, de vez en cuando la naturaleza recuerda a los tabasqueños, que llevan sobre si una herencia atávica: “la del agua”.

Extraido de Revista: La Zona Luz (Publicado 15 de Noviembre de 1999) Pag 9

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